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Página 12 · Mixtura e irreverencia musical

OCTAFONIC PRESENTA MONSTER EN CIUDAD EMERGENTE

Por Cristian Vitale / Página 12

Es extraño: un octeto de nueve músicos. Octafonic está compuesto por un tipo más de lo que el “octa” determina. “Se nos unió un integrante después que le pusimos el nombre y quedó así”, explica Nicolás Sorín, que pensaba armar un grupo que sustituyera al Sorín Octeto y se disparó hacia lo inesperado. “La personalidad de los integrantes hizo que la banda forjara una personalidad definida”, detalla, con Monster –disco debut y ganador de dos Gardel– bajo el brazo, y con una presentación en puerta: este miércoles a las 20 en el festival Ciudad Emergente (C. C. Recoleta, Junín 1930). “El disco nació junto a una experiencia personal sufrida en la Antártida. Es un símbolo de la locura que se mantiene dormida en cada persona”, se expide el hacedor principal de este octononeto sobre el trabajo que consta de once piezas cantadas en inglés y algunos rasgos que lo dotan de originalidad: un jazz rockeado, una impronta alternativa, un eclecticismo a prueba de balas y un acento extra en lo visual.

“La de Octafonic es una música muy programática, que tiene más contenido desde la parte visual y sensorial que desde sus letras”, refrenda el líder. “La idea es dejar que la imaginación e interpretación de cada oyente juegue un rol importante. Y, además, la mixtura de estilos sin prejuicios y la irreverencia al abordarlos nos hace libres a la hora de escribir y tocar nuestra musica, la que nos gusta hacer, y en la que hay un gran proceso lúdico en la composición. Tratamos de licuar referentes y estilos, abordarlos con nuestra impronta”, se expande el músico que compuso la música de Historias mínimas, tuvo tres nominaciones como productor en los Grammy Latinos, dos Gardel 2015 (Album rock/pop alternativo y Album nuevo artista de rock), y trabajó para proyectos como el Fernández 4, Santiago Vázquez y Sehinkman 4.

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Rock and Ball · Octamonster

En un escenario que parecía chico para los nueve integrantes que la conforman (tres saxos, batería, percusión, teclados, voz y sintetizadores, bajo y guitarra), Octafonic presentó en Zenon Resto Bar un repertorio variado y atractivo, incluyendo canciones nuevas; todo ejecutado con energía y precisión industriales.

Por Facundo Remi /  Rock ´N Ball

Los nueve músicos de Octafonic se distribuyen de forma ordenada y prolija en el escenario de Zenon; son las 22:30, y el show inicia sin demasiados preámbulos. Comienzan tocando  “Mistifiying” y “Plastic” casi pegados, uno detrás del otro, rápidos y con un swing que da cuenta de los orígenes jazzeros de los integrantes de la banda. Desde el inicio, los Octafonic dan muestras de soltura y comodidad en el escenario.

El público, en cambio, es la contracara de la banda: más allá de un leve cabeceo al compás de la música o algunas palmas, la reacción más intensa la demuestran al aplaudir el final de los temas; el ambiente está tibio, pero de a poco comienza a calentarse. “Ahora vamos a hacer una chacarera” dice en broma Nico Sorín, voz líder y teclados de la banda. La ocurrencia es festejada por el público y respondida por Mariano Bonadío, quien además de la percusión, colabora con las voces mediante un megáfono: “el que baile una chacarera con el siguiente tema se gana un whisky” propone antes de comenzar a tocar “Love”.

Octafonic te aplana en vivo. Aquí una muestra.

El show con  sigue un despliegue de distorsión y electrónica en “Whisky Eyes”, que termina derivando en exhibición del trío de saxos conformado por Leo Paganini (Saxo Tenor), Francisco Huici (Saxo Barítono) y Juan Manuel Alfaro (Saxo Alto). Desde el fondo del escenario, acompañados por la batería y la percusión, y dirigidos por un Nico Sorín devenido en director de orquesta, se lucieron con una pieza que invitaba a moverse. Las reacciones del público comienzan a mostrarse más entusiastas, y la performance de los vientos es acompañada con palmas y pasos de baile tímidos.

Tras la intervención de los saxos, la banda encara una seguidilla de temas más alejados del Jazz, con fuerte en los juegos de los efectos de sonido, los teclados y las guitarras: “I’m sorry” es el primero, y le siguen “Adiós” y “Fool Moon”. La gente responde con coros, con puños en alto y cabeceos. En una de sus tantas piruetas, Nico Sorín pierde el sombrero que había estado usando hasta entonces, lo que da lugar a otro diálogo desopilante entre él y Mariano. “No, ya veo que me termino como Dave Grohl; ¿vieron el palo que se pegó Dave Grohl?” argumentó Nico negándose a bajar del escenario para recuperar su sombrero, en referencia al accidente que sufrió recientemente el cantante de Foo Fighters. El percusionista agrega que circula una versión conspirativa atribuida a Lilita (Carrió), según la cuál Cristina (Fernández de Kirchner) habría sido la culpable de la caída del ex baterista de Nirvana. El comentario genera risas arriba y abajo del escenario, y la música continúa.

“Vamos a bajar un poco” anticipa Nico, y de inmediato da comienzo a “You can take”. Tras los aplausos, el cantante anuncia que van a tocar algunos temas nuevos, todavía inéditos. No obstante, antes de mostrar lo nuevo, dispara: “Pero antes, un tema que habla de los cucos”. Es la señal de que se viene “Monster”, el corte de difusión que también da nombre al primer CD de la banda. La gente comienza a vitorear con anticipación a lo que se viene, y el clima llega al punto álgido de la noche cuando suenan los primeros acordes de teclado y el público comienza a saltar. “Monster” se lleva los laureles de la noche, destacándose los solos del guitarrista Hernán Rupolo y el baterista Ezequiel Piazza.

Hernán Rupolo y una pose característica suya, en vivo en La Plata.

Siguiendo el impulso que dejó “Monster”, los Octafónic realizan un repaso por otros dos temas del disco, “Wheels” y “Over” (esta última muy pedida por el público), antes de pasar a los temas nuevos. Primero viene “What?”, con la participación del bajista de la banda, Cirilo Fernández, en las voces. Nico Sorín canta “What?” con tanta pasión que se le pone roja la cara del esfuerzo, y la gente agradece con una salva de aplausos y gritos. “¿Alguien sabe hindú?” pregunta el cantante y líder, antes de cerrar el recital con “Mini Buda”: otro tema nuevo, en el que son fundamentales los teclados de Esteban Sehinkman y los sonidos del sintetizador para crear un aire oriental y místico.

La banda anuncia su retirada, mientras la gente ovaciona y pide “otra”. Los músicos se forman frente al público, saludan y agradecen. Tal como llegó, el monstruo de ocho cabezas, la bestia del Electro-Rock-Jazz, se retira del escenario sin demasiados preámbulos, dejando a sus seguidores con ganas de más.

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Buenos Aires Herald · ‘We’re just nine morons who are forever refusing to grow up’

Born: February 18, 1979
Studies: Berklee College of Music, major in film scoring and jazz composition.
Favourite local bands: Eruca Sativa, Parte Planeta and Sig Ragga
Three key records: Punk in drublic by NOFX; Kid A by Radiohead and Charles Munch’s rendition of Hector Berlioz’s Symphonie Fantastique

He has been a part of the jazz scene for the last couple of years, but he can’t be labelled a jazz player. He has conducted orchestras throughout the world but he clearly does not fit the conductor type. Not so long ago, he revived a punk-rock power-trio without being a punk-rocker. Furthermore, he has proven his wits in fields like music producing and film scoring but that still is not enough to define him. Introducing Nicolás Sorín, a modern-age Houdini who manages to escape labels unscathed. However, what he can’t seem to escape from is the progressive amount of praise that he has been garnering since his band Octafonic’s first record Monster came out. A man that always hides something new up his the sleeve, Sorín agreed to meet with the Herald in an anthropologic attempt to describe his various natures.

Despite being primarily known as a composer, you’ve also worked with several artists (such as Jauría or even Miguel Bosé) as a producer or arranger. What’s your approach when asked to sit in the producer’s chair?

It’s a line of work that requires some serious psychological know-how at times, because you’re dealing with the artist’s fears and mostly his ego, you need to interpret that. I must admit that I have not yet mastered what it takes to be a great producer, so what I try is to reach a middle ground between what I like to do and what the musician whom I’m producing or arranging wants to do. Sometimes it works, sometimes it doesn’t; it all comes down to human chemistry really.

Being so smitten with punk-rock, I imagine you were a sort or rare bird at Berklee…

When I got there, my classmates knew all there is to know about jazz and my strong suit was NOFX and a little bit of Louis Armstrong! I benefited a great deal from that ignorance — it made me irreverent, because I approached jazz from another angle. My teachers were delighted because I wrote weird, almost absurd jazz scores.

Also present at that time and space was Cirilo Fernández, who once told me that — in the long run — what Berklee gave him was just a couple tools to use, paired with a professional understanding on music. Did something similar happen to you?

I agree with him, but in my case not even the tools were useful. What really came in handy was the networking, plus living and breathing music 24/7… and playing a lot of videogames. However, when I say “networking,” I don’t mean that I learned that specific trait during actual classes; there are a lot of Berklee graduates who end up wondering, “Now what?”

But you did manage to establish some contacts, since you lived in the US for a while after graduating…

That’s correct, I stayed in New York, having a really rough time financially speaking. I could only afford to eat rice and was working at a chocolate store during the day. I started putting together the Sorín Octeto in my spare time and I was lucky enough to work with my musical idols at the time: Ari Hoenig, Matt Pavolka, Chris Cheek, Daniel Zamir… I was starving and at the same time I spent every Friday morning with these giants!

Didn’t you write the score for your father Carlos Sorín’s film Historias Mínimas around that time?

Actually, making the music for Historias Mínimas was sort of a graduation present. I would have preferred, I don’t know, an ice-cream machine! Because dad had previously worked with Carlos Franzetti — for me, the best Argentine composer since Alberto Ginastera — in La película del rey (1985) so the bar was set extremely high. When the movie arrived via FedEx and I got to watch it for the first time, I thought: ‘Damn you!’ How could he make such a beautiful, tender movie and bestow upon me the responsibility to write its score? We had some rocky back-and-forths while working on Historias Mínimas but, nowadays, we share a sort of telepathic connection and things have gotten much easier between us work-wise.

Are you two currently sharing any projects?

As a matter of fact, we are. On the one hand there’s Peter Shaffer’s Equus, a play scheduled to premier this year in which he’ll direct Peter Lanzani. On the other hand, we are also working on his next film.

I notice that there is like an underlying childish-feel in some of your music, specially when it comes to Octafonic. A sort of youthful spirit catalyzed through men nearing their forties.

Totally, that’s exactly it. I believe we have a sort of Peter Pan syndrome. Actually, I’ll take it even further: we’re just nine morons forever refusing to grow up. Like we have a need to stay young for eternity. I blame Green Day for this, for we also want to be like “juvenile seniors.” Still, we are not kids anymore and we are currently learning how to properly manage energy onstage.

Your bandmates Ezequiel Piazza and Esteban Sehinkman are regarded as highly-skilled musicians yet they don’t do much soloing in Monster. Was there a premeditated respect for the score that couldn’t be trespassed?

Absolutely, that’s a reality that all my bandmates are aware of. They work like mechanical parts of the same machine, their function is clearly stipulated and — though they can’t cross those borders you mention — they do make their contribution in another way. While there is like a tacit agreement to respect what’s written, this isn’t a dictatorship. You see, right now we are working on a new album that’s going to be called Mini Buda (in which I’ll sing in a terrible Indian accent) and I’m writing my bandmates’ parts with just a core-idea in mind. I am certain that they will fill in the blanks I leave for them in a flawless manner.

Also, your singing seems to lean toward a melodic side, meaning that the focus isn’t fixed on the lyrical aspect…

I do regard the voice as another instrument. Moreover, my singing is not so much melodic as it is gestural and there is some kind of hidden poetry there. Like a communion between music and lyrics, but in a totally aesthetic way. When the lyrics of a song are too explanatory, they conspire against the effect that you’re trying to evoke on the listener. Allow me to further dwell on this notion with an example: when I was a little kid, I loved the Beatles to the extent of phonetically learning by heart 200 songs. To this day, I don’t know what the lyrics actually say, and you know what? I prefer it that way, because it would ruin the songs for me otherwise. Lyrically, I don’t believe what musicians say — they are not usually deep thinkers.

What are your thoughts on nowadays musicians?

Music is very exposed to what’s “hip” or “trendy” during a certain period and musicians have become fashion icons, sometimes even ideological figures. They are totally overrated in that sense. Centuries ago, they were just considered entertainers and nowadays they go out with models and comment on political affairs; it’s absurd. Still, when you read some interviews with Igor Stravinsky, you notice that he was an acutely intelligent individual, aside from the musical part. I’m not saying that there are no smart musicians now, but it’s just not the same.

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La Nueva · Nicolás Sorín trae su foto musical

BlackBird Jazz Festival. Octafonic será la encargada de ponerle el broche a una seguidilla de shows jazzeros que comenzarán el próximo viernes 15.

Por Franco Pignol / fpignol@lanueva.com

La ciudad esperaba un festival así y gracias a cuatro o cinco locos bahienses está por cristalizarse.

El BlackBird Jazz Festival comenzará su programación el próximo viernes y se extenderá hasta el jueves 21, cuando la frutilla del postre la venga a colocar Nicolás Sorín, con su tremendo proyecto Octafonic, en el Teatro Municipal. Además, será transmitido en vivo completamente por Vórterix Bahía.

El hijo del cineasta Carlos formó un proyecto que se codea con el jazz, pero por su sonoridad e ideas plasmadas en vivo rompe los límites de los géneros y juega.

“La mayoría de los músicos venimos del jazz y lo abordamos de una manera más rockera. Es ahí donde comienzan a confundirse los géneros. No me interesa en qué batea de la disquería se catalogará lo nuestro”, acentuó Nico.

Nico está esperando a su primer heredero, junto a Lula Bertoldi, la guitarrista y cantante de Eruca Sativa.

“Estamos muy contentos”, aclaró.

Casi una obsesión

–En el jazz es importante la improvisación, ¿que no la haya en Octafonic tiene que ver con una actitud obsesiva?

–Sí, creo que sí porque yo tuve una formación clásica de música orquestal, en donde un fortepiano es un fortepiano. Soy bastante obsesivo con eso y doy poco margen.

–Todos para uno y uno para todos en Octafonic.

–Ni hablar. Somos nueve músicos y cada uno tiene que tocar las cosas de determinada manera para que funcione, porque donde uno trastabilla una línea se nota. Entonces hay que escribir una impronta. Lo que no quiere decir que tenga que estar escrita sí o sí. Los músicos pueden aportar.

–De esa manera evitás el chamuyo del improvisador que no quiere o no sabe leer música.

–A veces con una banda tan grande se complica mucho la improvisación. Yo lo he usado y la verdad que ahora prefiero tener una mini orquesta.

–Si tuvieras un trío quizás habría otro margen.

–Claro porque ahora, al ser tantos, la improvisación pondría a la música un poco cacofónica.

El rompecabezas

–¿Cómo te inspirás para componer?

–Arranco de una idea a la que la llamo “una foto musical”. Como si fuera un ladrillo con el que construiré mi casa. Después voy encontrando otros materiales que me sirven. Por ejemplo, puedo barnizar ese ladrillo con la guitarra de Van Halen. Es un proceso de ida y vuelta. En general no pienso cómo va a ser, sino que trato de buscar el atractivo de la célula, del motivo que luego desarrollaremos. Aunque no parezca, hay mucho de la música clásica: motivo, variación, tema y ver cómo encajan las fichas en el rompecabezas.

–¿Qué tiene que ver Carlos, tu papá, en todo esto?

–Mi viejo es amante de la música clásica. Luego tuve la suerte de trabajar con él para las películas. La música tiene una impronta visual muy fuerte.

–Generalmente los compositores trasladan notas o características musicales a sensaciones, ¿cuál es la sensación más impactante que lograste en un filme?

–Mmm… con mi viejo hicimos el thriller El Gato desaparece y de repente le tuve que pasar una parte de música en donde había una escena brasileña. Utilizamos una marimba y unas voces lejanas. Mi viejo se confundió porque pensó que era el tema principal de la película. Resultó que esa marimba con toda su cosa brasileña terminó siendo mucho más tétrica que si hubiera utilizado algún recurso de Bernard Herrmann (compositor especializado en cine), por citar a algún grande. Creo en los accidentes.

En las películas

–En la música se puede sugerir sin mostrar.

–Totalmente. Creo que una muy buena película necesita poca música. Muchas veces el rol de la música es tapar los agujeros narrativos.

–Como improvisar desmedidamente en el jazz…

–Tiene que cumplir alguna función más que la de solo unir algunas partes. Y todo eso es posible a través de la música.

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Rock and Ball · Octafonic: ¿Presagios de lo que vendrá?

La banda volvió a llenar The Roxy Live mientras continúa la presentación de su primer disco. ¿Es Octafonic una pista de la música que se viene?

Por Lean Bukka White / Rock ‘N Ball

Para lo que estaban buscando algo nuevo, llegó Octafonic. No es la banda que todos estaban esperando, pero son lo que quieren ser, y se siente auténtico. La banda se presentó este viernes en The Roxy (Cnel. Niceto Vega 5542) donde sacó a relucir los temas de su primera y hasta ahora única placa, Monster.  

Tal vez no se ajuste a lo que espera un oyente de rock clásico, pero es lo que hay en oferta. Sin perder coordinación ni técnica en sus instrumentos, han incorporado desde el vamos elementos electrónicos de forma tal de darle otra carátula a su música, sumados a la corrientes de época. No se va a escuchar a la banda promedio tres tonos, pero tampoco enchufan un pendrive a la Mac.

En este sentido, el tema que le da título a su disco parece ser una síntesis perfecta de todo esta gesta: punch, sonidos con efectos, todo a un tempo cuasi metronómico. Pero para no quedarse en el molde, es justamente luego de este tema en vivo que Pedro Rossi, guitarrista eléctrico, se prestó a hacer un solo de… pedal (¡!) Definitivamente no es lo que se acostumbra a ver, pero a pesar de lo agradable o no que resulte, es sano ver que al menos alguien se anima a hacer algo distinto. Y las palmas llegan, claro.

Para la sección “más romántica” del show, rige un estricto cambio de ropa entre sus integrantes y arrancan canciones como Love, You can take, Adiós (un track que parece hecho para jugar) y Wheels, donde contaron con la participación de Hernán Rúpolo, ex guitarrista de Connor Questa.

No sorprenda que de acá a poco tiempo se los vea en los principales festivales de marcas internacionales, principalmente porque encajan perfectamente en ese contexto. No es garantía, pero no sería novedad. Y no por una cuestión marketinera, precisamente, sino por lo que se rescató anteriormente: mezcla de rock bien tocado junto con ensambles electrónicos, saliéndose –en sus propias palabras – del jazz ortodoxo, todo ese rejunte parece ser una buena combinación para salir a jugar en cualquier cancha, hoy.
Pero además no se debe desviar la atención de que apenas con un disco llenaron más de una vez el Roxy Live. Quién sabe cuántas bandas son o serán capaces de eso en un futuro.

Ya para el final de la noche, sonaron Waving Batons, Fool Moon y un tema nuevo llamado Mini-Buda, con ellos mismos vestidos como Buditas –en una sintonía que se encargó de remarcar su frontman: “Quisiera que reflexionáramos sobre bajar un cambio”. Todo lo que rodeó a la noche se sucedió sin mayores inconvenientes –a lo sumo los reclamos del baterista al sonido para/con sus auriculares. Un show que parece haber salido como ellos lo programaron y preguntarse, por qué no, si esto no es un breve guiño del futuro para lo que vendrá.

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