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Camarines del Rock · Octafonic y el arte de salirse de las casillas

El grupo presentó su disco Mini Buda el pasado viernes 19 en Vorterix.

La banda está conformada por Nicolás Sorín en teclados y voces, lo acompañan Cirilo Fernández en bajo y contrabajo, Francisco Huici en saxo barítono, Leonardo Paganini en saxo tenor, Juan Manuel Alfaro en saxo alto y clarinete, Hernán Rupolo en guitarra eléctrica, Mariano Bonadío en drumpad y megáfono, Leonardo Costa en sintetizadores y Ezequiel Piazza en batería.

Pasadas las nueve y media de la noche hicieron su aparición en el escenario del barrio de Colegiales con Welcome to life. Para entonces, los presentes ya habían llenado el teatro y venían pidiendo con aplausos el comienzo del show. Un público que ya maneja sus códigos y comprende que su estilo escapa a toda lógica: se llaman Octafonic pero lo integran nueve músicos. Son argentinos pero cantan en inglés, cuando no lo hacen en una suma de sonidos ininteligibles. Algunos de sus miembros vienen de la música cinematográfica y se han formado en la Universidad de California en Berkeley, pero son también fabricantes de pogos.

Quizás la definición que más se les acerque sea ‘Los Mr. Bungle argentinos’, pero tampoco. No hay forma de transmitir su música, sino escuchándolos tocar. Y es que por sobre todas las cosas, los Octafonic son expertos en ser inmunes a las etiquetas o en el arte de salirse de las casillas.

El Show

Un recurso tan simple como eficiente fueron los tules superpuestos en la embocadura del escenario y en el fondo. Combinados con la impecable ingeniería de luces que daban ambientación al show.

El setlist fue in crescendo e incluyó algunos temas de Monster, su trabajo anterior: Mistifying, Plastic, Love,Wheels, I’m Sorry, Over y el tema que da nombre al disco.

La distorsión y las guitarras de Rúpolo protagonizaron muchos de los temas que van desde el rock, hasta la electrónica, el metal o el funky. Impresionante su solo country previo a Nana nana.

Algunos hitos de los vientos fueron su potencia sonora en “Nana nana” y su intro previa a Whiskey Eyes.

Un capítulo aparte merece la ejecución de Mariano Bonadío y Piazza en Sativa, imposible no intentar seguir la percusión, imposible no morir en el intento.

Fue destacable la devolución del público que participó de acuerdo a lo que cada canción le generaba, desde pogos hasta la transformación de los arreglos musicales en coros de onomatopeyas.

Lula Bertoldi, cantante de Eruca Sativa y pareja de Sorín, fue invitada sobre el final del show. El tema elegido para el cierre fue ‘What’, uno de los más potentes del disco

Bonus tracks

  • El lanzamiento del disco fue el 5 de julio pasado en Ciudad Cultural Konex, donde durante dos funciones se podía escuchar el disco completo, a oscuras, en parlantes holofónicos.
  • Fiel a sus orígenes en la música cinematográfica, la banda se destaca por la producción de sus videoclips. Mini Buda fue dirigido por Sebastián Sorín, quien junto a Nicolás, son hijos del reconocido cineasta Carlos Sorín.
  • Tienen previstas fechas promocionales en distintos puntos del país y en octubre vuelven a tocar en la Ciudad de Buenos Aires.

Romina Romero @rom_romina

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Esquinarockweb.com · El octeto sin techo

La banda de Nicolás Sorín llenó Vorterix en la presentación de ‘Mini Buda’, el último engendro musical de un monstruo que no para de crecer.

(Viernes 19 de agosto / Teatro Vorterix) La noche acontecía un poco más fresca que sus predecesoras. En el cruce de las avenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze se encontraban aquellos que pensaron que trajeron un abrigo de más y quines no llevaron el suficiente. En esta inconsistencia, había algo que estaba totalmente claro: Octafonic se iba a presentar por primera vez en aquel teatro que suele tener de actores principales a bandas que están intentando dar el salto. Las puertas del lugar hablaban de que el objetivo, se estaba cumpliendo.

Las pantallas gigantes ubicadas detrás de las plateas transmiten la previa de lo que empezaría a ocurrir pasada la media hora de las nueve de la noche. La radio que auspicia el lugar, no se privó de reproducir via streaming todo el show, que por cierto comenzó con todos sus integrantes bajo una especie de capa negra con capucha.Welcome To Life abrió el show, de la misma manera que inicia su flamante último disco.

Nico Sorin, con su mini sintetizador en el centro de la escena, tuvo en sus extremos al guitarrista Hernan Rupolo y al bajista Cirilo Fernández. Por detrás, la batería ejecutada por Ezequiel Piazza. A su izquierda posaban los vientos (Francisco Huici, Leo Paganini y Juan Manuel Alfaro), mientras que a su derecha se ubicaron el percusionista Mariano Bonadio y el tecladista Esteban Sehikman. Octafonic tenía más espacio que en ocasiones anteriores, lo que permitió a su líder moverse con más libertad sobre el escenario.

El cambio y la afinidad en el público con la banda se hicieron notar desde la primera hora. Cuando Plastic, uno de los éxitos de su disco debut Monster (2014), empezó a sonar se escuchó la mini ovación de cuando se pulsa ese tema que todos quieres escuchar. Lo mismo ocurrió cuando adivinaron la inminente venida de Mini Buda”, que imitando al cantante alzaron las manos en alto, tal cual la tradicional pose budista. El primer corte del su nuevo engendro estaba teniendo el éxito que quizá no sospechaban, pero seguro buscaban.

“Esta es la última canción…del primer set”, aclaraba el líder del monstruo, para que el mini riff de Wheels ponga a su público en un grito. A su término, mientras los demás integrantes abandonaban el escenario para cumplir con la profecía, Hernan Rupolo regaló un solo de guitarra que el público recompensó con un aplauso ensordecedor. Con las capuchas dejadas de lado, los trajes se hicieron presentes para encabezar la segunda parte el show conNana Nana y TV, que dejó en claro todo el potencial que tiene Octafonic para recorrer todos los estilos y vibrar con el formato de canción que más les guste. “Es el que más nos cuesta, y eso que es el único que es 4×4”, se confesaba Sorín.

Luego de los aplausos tras la presentación de los músicos, llegó la hora de una de las piezas más esperadas de la noche: Monster, que volvió a sonar con la potencia y la prolijidad que lo ameritan, dejando más que conformes a todos con la elección del show que decidieron presenciar. Luego de un solo de batería de Piazza, el monstruo resucitó para que luego finalice con Nicolás Sorín de rodillas frente a su sintetizador para marcar el final al resto de sus camaradas.

Los aplausos coordinados con la métrica que propone I´ m sorry en su comienzo se transformaron en cantos al cielo durante el clímax del tema, que fue sin dudas unos de los más disfrutados de la noche. La Lista siguió conSativa, Over y Slow down, esta última con la intromisión de Lula Bertoldi, que terminó el tema de frente a su esposo, formando un final inigualable. El abrazo con los músicos, el correspondiente beso con su cónyuge y el aplauso del teatro entero marcaron la salida de la integrante de Eruca Sativa.

Ya como preámbulo del final, el creador de la bestia agradeció una vez más a todos los involucrados esa noche, aún sin creer como una “bandita de jazz” pudo lograr semejante repercusión. Está claro que él sabe que son mucho más que eso, y que orgullosamente está logrando su objetivo de llegar a la mayor cantidad de oídos posibles. El par That’s Ok y la inmensamente pogueda What dieron el cierre a una nueva meta batida por el octeto que no se piensa conformar.


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LA NACIÓN · Música cerebral y apasionada

Por Sebastián Ramos

No es casualidad que desde su aparición Octafonic haya llamado la atención de una escena rockera local con necesidad de oxigenación. Una banda de músicos provenientes del jazz, con sentir metalero y canciones en inglés, que pueden pasar de la ambientación al rock industrial y del funk al desenfreno electrónico sin perder su formación orquestal. Un monstruo de una cabeza (Nicolás Sorín, hijo del cineasta Carlos y mentor, compositor, cantante, tecladista y arreglador de la banda) y dieciseis brazos (a los de Sorín habrá que sumarles los de Cirilo “Chibi” Fernández -bajo y contrabajo-, Ezequiel “Chino” Piazza -batería-, Juan Manuel “Truli” Alfaro -saxos y clarinete-, Francisco Huici -saxo y banjo-, Leonardo Paganini -saxo-, Mariano “Tano” Bonadio -percusión- y Hernán Rupolo -guitarras-). Una agrupación que se mueve por fuera de los cánones establecidos para el rock argentino y que con su segundo álbum,Mini Buda, da un paso más en el camino de la consolidación de un sonido propio.

Una de las definiciones posibles de la música de Octafonic sería que se trata de música cerebral interpretada de manera sanguínea. Un poderoso combo que logra su máxima expresión (o punto de ebullición justo) en el vivo (ayer presentaron su nuevo disco en Vórterix). Pero lo cierto es que en buena parte de Mini Buda, la banda logra transmitir ese incendio sonoro en el que suelen convertirse sus shows.

Desde el robótico inicio con “Welcome To Life” hasta el nümetalero “Slow Down” que lo cierra, Mini Buda pasea por todos los estados de ánimo musicales del octeto. En nueve canciones, demuestran su versatilidad con estilo, pasando de rarezas como la canción que da nombre al álbum a melodías pop como “TV”, yendo a bailar a la disco con “Sativa”, para luego explotar en lo que bien podría ser el punto más alto con “What”, donde participó Tito Fuentes, de Molotov.

Como lo señala la portada a cargo del ilustrador Costhanzo: “Parental Advisory – Contiene letras en inglés”. “Nuestra música suena mejor en ese idioma”, se sinceran ante quien se atreva a hacer la pregunta del millón para una banda argentina que canta en inglés. “I don’t believe in Shakespeare” se ríen en la lúdica “Nana Nana”, que en apenas cuatro minutos tiende puentes y guiños entre el incrédulo John Lennon de “God”, la voraz obsesión de los Minions por las bananas, el soundsystem jamaiquino y el western festivo de frontera. Así de compleja como de divertida puede sonar la música de Octafonic.

Por eso, nuestra etiqueta de Parental Advisory es la siguiente: Escuchar sin prejuicio… y a todo volumen.

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PÁGINA 12 · “La interpretación de un universo mental”

El noneto liderado por Nicolás Sorín hace “un abuso de los géneros” que lo lleva a “un no-género”, pero donde caben desde guitarras funk y metaleras que se mezclan hasta programaciones y texturas. Y que descoloca pero atrapa al oyente casual.

Uno de los efectos paralelos –deseado o no, quién sabe– de Mini Buda, el nuevo disco de Octafonic, es el hecho de obligar al oyente a una escucha completa, y de no limitarse a alguna canción aislada. Cuando un par de tracks invitan a adivinar a qué suena la banda, el siguiente llega para descolocar y preguntarse “¿qué es Octafonic?”. “Tomá, escuchalo”, dice Nicolás Sorín, cantante, compositor y tecladista de este noneto difícil. Saxos con más de Morphine que de rock barrial, guitarras funk y metaleras que se mezclan y recuerdan a Faith No More, programaciones y texturas propias de Nine Inch Nails: Octafonic hace uso de géneros, más que de referencias ya conocidas, para crear uno distinto, por no decir nuevo. Junto a cuatro de sus compañeros –Juan Manuel Alfaro (saxo), Mariano Bonadio (drumpad), Cirilo Fernández (bajo) y Hernán Rupolo (guitarra)– Sorín recibe a Página/12 y, sin adueñarse de la voz, ensaya una posible explicación para la criatura, con la que se presentará esta noche en el Teatro Vorterix (Lacroze y Alvarez Thomas): “Para mí es un abuso de géneros y, por ende, un no-género. Son tantas referencias y eso de ser libres con los rótulos que al final no es nada”.

–¿Y esa imposibilidad de encasillarlos les resulta simpática?

Hernán Rupolo: –Sí, aunque no sea el objetivo final.

Mariano Bonadio: –El uso de la variedad tiene que ver con el relato de la canción que se quiere, no con que no te puedan definir. El hecho de que no nos puedan definir es raro. Hay etiquetas tipo “new wave jazz for old people” que parecen demasiado específicas y lo nuestro claramente no lo es.

–Mini Buda, al igual que su debut Monster, tiene múltiples capas de sonidos, de lugares en la mezcla, de arreglos y cositas que aparecen y desaparecen. ¿Cuánto tiempo lleva hacer un disco así?

Nicolás Sorín: –Ya estaba todo más o menos planteado en una pre-producción. Se venía, se ensayaba y se maqueteaba. Habrán sido como seis meses…

M. B.: Fueron quince días de grabación neta y después vino la mezcla, que se hizo afuera, con Héctor Castillo.

N. S.: –Siempre es difícil encarar una mezcla con alguien que está afuera, pero por suerte con Héctor nos llevamos una buena sorpresa porque entendió el concepto de la banda. No tenía referencias, pero el tipo entendió todo.

–¿Y por qué encargarle la mezcla a una persona que no los conocía?

N. S.: –Por su piso técnico. Sin desmerecer lo que se hace acá, los laburos de él –desde Bowie hasta Björk– tienen un nivel técnico impecable. Para mí es como una cancha de fútbol de once, y nosotros necesitábamos eso para poder acomodar los sonidos y la cantidad de información que teníamos. Ese sonido 3D es súper importante. Otra persona hubiera metido capas y capas que no se hubieran podido apreciar.

–¿Trabajan en función de lograr que el disco pueda ser reproducido en vivo, o se graba independientemente de si eso sale igual sobre el escenario?

H. R.: –El chiste de que seamos nueve permite que eso suene en vivo como tiene que sonar. Eso no necesariamente significa que tenga que ser igual al disco, porque hay canciones que van cobrando otra personalidad en vivo.

N. S.: –Es un poco el reto, pero igualmente creo que el vivo tiene un picante extra. El disco está muy trabajado y en el escenario suceden cosas… Mientras la energía del vivo esté bien, pueden ocurrir cosas. Ahí hay un ímpetu, un brío que no tiene el disco, y eso me gusta, me divierte.

–El disco da la sensación de ser muy técnico, una máquina. ¿Es así?

N. S.: –No tanto, ¿eh? No vamos por el lado del virtuosismo. Desde la composición hay algo orquestal, texturas… Fue concebido así y quizás en eso es donde se percibe cierto virtuosismo, porque para escribir eso se necesita reorganizar las frecuencias de determinada manera, repartir información. El resto es bastante espontáneo y orgánico.

Manuel Alfaro: –Todo tiene que ver con la interpretación. Octafonic es la interpretación de ocho músicos del universo mental de Nico y de cómo él concibe la música. Eso fue interpretándose de una manera muy ecléctica y a lo largo de estos tres años la banda fue encontrando un lugar sonoro propio. Más allá de que Mini Buda se haya grabado así, la banda venía sonando de una manera, y los temas fueron tomando forma mucho más cerca de lo que él quería o imaginaba.

N.S.: –Lo que pasa es que Monster fue como un conejillo de indias, porque se armó la banda casi al mismo tiempo que se hizo el disco. Fue un proyecto más que una banda. Ahora ya sabíamos cómo tenía que sonar el disco.

M. B.: –Son canciones y por eso te hacen mover la pata, pero al mismo tiempo suena más fácil de lo que es tocarlo. Si no lo ensayás por dos semanas, se te va esa justeza que requiere.

–¿Y cómo les explica Sorín qué es lo que quiere que hagan?

N. S.: Maqueteo en la computadora y después los hago tocar como robots (risas). No, en serio: negociamos. Ellos le dan una naturalidad que no logro en la secuencia y está buenísimo, porque es la parte humana contra esa máquina perfecta. Es humanizar algo robótico, que no es fácil, pero a veces necesita que suene así. Lo que ocurre últimamente es que traen mejores ideas que las que se me hubiesen ocurrido a mí.

–Parece estar rodeado de las personas correctas…

N. S.: –Totalmente, es así. Creo que Octafonic es justamente eso y ahora que con este disco nos conocemos más, cada uno mantiene su personalidad. Dentro de la rigidez que pide la música, cada uno se desenvuelve libremente.

–¿Qué cosas les preocupan? ¿De qué habla Octafonic en su parte más lírica y no musical?

N. S.: –Monster habla un poco de todo, de una manera sarcástica. Hay temas apocalípticos, hay canciones que hablan del amor casi desde un costado científico, hay de todo. En cambio, Mini Buda tiene un hilo conductor, que son la muerte, la vida y Dios. Pero realmente tratamos de no ser muy explícitos ni muy literales, queremos que la gestualidad de la palabra sea lo que llegue, y un poco por eso también es que canto en inglés. Que cada palabra tenga un significado para la persona, que no sea tan evidente. La poesía justamente es eso, la capacidad de, con una palabra, hacer dos. O jugar con la manera de cantarla. Creo que eso es lo interesante y, de hecho, muchos de ellos no tienen ni la más puta idea de qué van las letras.

M. A.: –Yo suelo escuchar mucha música instrumental, y lo escucho a Nico decir esto y sé que es así. Muchas veces la letra va en función de la rítmica y la música, es un instrumento más que se cuela entre toda esa maraña, en ese engranaje melódico, rítmico y armónico.

H. R.: –Para contrarrestar un poco, yo que soy de prestarle atención a las letras, debo decir que hay una en especial que en una parte me pone la piel de gallina, lo que dice que definitivamente hay algo. Hay cosas interesantes.

N. S.: –Sí. Se escuchan o no. Elige tu propia aventura.

–¿Qué se puede esperar del show de presentación, además de más canciones y la locura habitual?

N. S.: –Estamos trabajando mucho más en la puesta, sobre todo de luces. Es una música súper programática y visual, y estamos tratando de que todo eso se acompañe. Vorterix es un lugar que se presta mucho para eso. Lejos estamos de ser Nine Inch Nails, pero queremos que cada canción tenga un color, un movimiento, un barrido, un atractivo… Creo que eso va a servir para darle una cosa más sensorial a la música. Y algún que otro invitado, claro.

–¿Cuál es la duración óptima para un show, como banda y como espectadores?

N. S.: –Una hora y media, no más de eso.

H. R.: –Lo mismo se aplica al disco. Me han dicho que es muy corto, pero a la vez es intenso, tiene muchas capas.

M. A.: –Hay muchas cosas para descubrir en cada escucha, así que hacer algo más largo me parece mucho, termina por arruinarte.

N. S.: –Me parece que depende de la información. Hay shows y discos más largos pero relajados, y hay discos y shows más intensos. Un disco es como un bebé: tiene las mismas piezas, las mismas articulaciones que un adulto, pero está comprimido. Como un Mini Buda.

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LA NACIÓN · “Octafonic y sus canciones para levitar”

Desde su sorpresiva aparición en la escena tres años atrás, con un sonido ecléctico que luego transportaron a las canciones de su primer álbum, Monster (2014), la curiosidad por conocer qué camino seguiría esta banda después de su atractivo debut atrajo la mirada de propios y extraños. Provenientes de la escena del jazz local, pero con espíritu rockero, el octeto liderado por Nicolás Sorín acaba de editar su segundo disco, Mini Buda, reforzando el sonido original y compacto que, poco a poco, se va instalando como marca registrada.

Esta noche, en el teatro del barrio de Colegiales, la banda presentará oficialmente este segundo capítulo musical, que insiste en fusionar géneros con elegancia y precisión. De esta forma, Octafonic dará el puntapié inicial a su gira Kick Off, que en los primeros días del mes próximo los llevará a Santa Fe y Córdoba.

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LA VIOLA · “Es un trabajo que sigue la línea eclética”

Por Carlos Iogna Prat

Octafonic es una de las nuevas e interesantes propuestas del panorama local. Un sonido trabajado y que transita sin ningún problema por cualquier género. El debut de la banda comandada por Nicolás Sorín fue con Monster llamando la atención de la crítica especializada y del público. Esa gran respuesta llevó al grupo a telonear a Faith No More en el Luna Park, y quedarse con dos premios Gardel en el 2015 como “Mejor Album de Rock” y “Banda Revelación“.

En su nueva producción, Mini Buda, la banda se metió en una propuesta más rockera, pero sin perder su sello ecléctico.

El álbum, producido por la banda, fue mezclado por Héctor Castillo (Björk, Roger Waters, Gustavo Cerati, Lou Reed, entre otros) y masterizado en Estados Unidos por Dave McNair (Bob Dylan, David Bowie, Prince, Miles Davis, etc).

Tuvo la participación especial de Tito Fuentes de Molotov (“What”) y Lula Bertoldi de Eruca Sativa (“Slow Down”). Antes de presentarlo oficialmente el 19 de agosto en el Teatro de Colegiales hablamos con Nicolás Sorín, cantante y tecladista. La banda se completa con Cirilo Fernández en bajo, Hernán Rupolo en guitarra eléctrica, Leo Costa en teclados, Francisco Huici, Leo Paganini y  Juan Manuel Alfaro con los saxos y las percusiones Mariano Bonadio  y Ezequiel Chino Piazza.

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CLARIN.COM · Octafonic “Somos una banda con ausencia de géneros”.

“Octafonic es una especie de accidente fortuito. Creo que a todos nos pasa lo mismo: Si no, no tocaríamos en la banda. Es cierto que algunos vienen del jazz, otros de la electrónica y varios del rock, pero todos somos unos curiosos insoportables, que no nos conformamos y estamos en una búsqueda constante. Por eso siempre digo que Octafonic es lo que es por la gente que está en la banda. No es que si yo llevo esta música a otro lado va a ser lo mismo. Si Octafonic se armó y consolidó en tan poco tiempo, es por esa variedad y esa combinación de personalidades.” Así de claro, Nicolás Sorín define al monstruo que creó tres años atrás, que entre su primer álbum, Monster (2014), y su flamante Mini Buda, que presentan esta noche en Vorterix, mutó de la idea original jazzera que motorizó su formación a una potente maquinaria de rock.

Habrá que agregar, además, que el plan inicial de octeto cambió a noneto, a partir de la incorporación definitiva del guitarrista Hernán Rúpolo; que los espacios en los que tocan van aumentando de tamaño a medida que el público que los va a escuchar y ver obliga a hacerlo -y obliga bastante-; y que el sonido del nuevo trabajo consolida su originalidad.

“Somos una banda que siempre llamó la atención. Eso genera odio y amor; pero nunca intrascendencia. Y el crecimiento de esos sentimientos se da por igual de uno y otro lado, y nos encanta ver un dedo para abajo en las redes”, dice Rúpolo, socio de Sorín en la charla con Clarín. Y sigue: “Lo que hacemos es inclasificable, y muy fresco. No se nos ocurriría buscar una fórmula que funcione, para después repetirla.” “La antifórmula genera un estilo. Si querés saber qué hacemos, vení a vernos. Somos una banda con ausencia de géneros. Hacemos tantos guiños que confunde un poco, y esa es la idea. Nadie lleva la bandera de género”, agrega Sorín.

Eximidos ya de explicar por qué prefieren el inglés al castellano a la hora de cantar -”a veces alguno todavía pregunta”, admiten-, el líder de Octafonic apunta a la intención de lo que hacen. “Creo que en la música se dice demasiado, a veces. La música es un arte abstracto; por lo tanto tiene millones de interpretaciones. Me gusta que cada uno escuche diferentes cosas en la misma canción, y que la misma persona escuche cosas distintas cada vez. Eso es lo que hace de la música una herramienta para amasar emociones.”

¿Los sorprendió el crecimiento de la banda, en un ámbito en el que la abstracción no es lo que más vende?

Rúpolo: No. Yo venía viendo lo que pasaba con el público. La oreja de los escuchas cambió; está más amplia. Y de a poco también se van diluyendo los credos, salvo para los que se mantienen ortodoxos.

¿Vos decís que se van a acabar las “misas” en el rock?

Rúpolo: Creo que se están acabando. Hoy vas a un recital de metal, de pop o de rock, y ves remeras de cualquier banda o solista.

Sorín: Mucho tiene que ver Internet en ese cambio. Lo mismo pasa con los músicos. Uno se pregunta qué le pusieron al Nestum. Nada; sólo que todos tienen acceso a muchas herramientas e información. Antes las teníamos que ir a buscar no sé dónde. Ahora las tenés ahí.

Mini Buda

Máxima potencia

Nueve temas en los que el jazz, la electrónica y el rock confluyen en una sonoridad, en la que las voces son un instrumento que se suma a los teclados de Sorín, el bajo de Cirilo Fernández, la batería de Ezequiel Piazza, la guitarra de Rúpolo, los vientos de Juan Alfaro, Francisco Huici y Leonardo Paganini y la percusión de Mariano Bonadío.

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TELAM.COM.AR · Octafonic presenta “Mini Buda” en Vorterix

El grupo encabezado por Nicolás Sorín en teclados y voces cosechó muchos elogios con sus conciertos y su anterior disco “Monster” ya que luego de experimentar con el jazz y las bandas de sonido, se mete de lleno en terrenos rockeros, pariendo deformidades junto a un grupo de amigos que se reúnen en los estudios MCL.

Las cercanía sonoras remiten a Faith No More en su lado menos metalero, a Frank Zappa en todas sus variantes y a discos de Herbie Hancock, con mucha locura, delirio, pero con mucha polenta, sin tibiezas jazzeras.

La banda también está integrada por Cirilo Fernández en bajo y contrabajo, Francisco Huici en saxo barítono, Leo Paganini en saxo tenor, Juan Manuel Alfaro en saxo alto y clarinete, Hernán Rupolo en guitarra eléctrica, Mariano Bonadío en teclados, sintetizadores y megáfono y Ezequiel Piazza en batería.

“Mini Buda” se inicia con un piano casi progresivo pero sobre las teclas la banda va montando su deformidad con un groove excelente y con momentos en que los sintetizadores dejan los ruidos y le pasan la posta al bajo y a la batería y a un teclado que arma cierta melodía, y sobre el final la canción va tomando formas más rockeras.

“Mini Buda” es pura violencia desde el inicio con los teclados peleando la distorsión con las guitarras de Rupolo con momentos que van de Nine Inch Nails a The Prodigy, una electrónica casi hooligan que invita al desmadre, con ciertos momentos en que los sintetizadores traen aires marroquíes. Una canción que podría musicalizar las imágenes de una rebelión popular contra un gobierno dictatorial, con la muchedumbre yendo y yendo contra policías y tanques hasta quebrarlos.

Sorín, Rupolo, Alfaro y Bonadío charlaron con Télam sobre el disco, la presentación y la escena emergente local:

T:-¿Los jazzeros manejan la presión de forma más relajada? ¿O es así toda la banda?

Rupolo: Creo que no va por género, sino por personalidad. En la banda hay unos cuantos inquietos y otros muy calmos, hay rockeros ocultos, hay de todo. Creo que pasa por cómo es cada uno en el total de su vida y eso se transmite a la música.
Bonadío: Hay profesionalismo, sobre todo. Que sean jazzeros solo significa que tocaron muchísimas más veces que nosotros y laburan el triple. Ahora, no se cuán importante es la performance física, si esa era tu pregunta.
Sorín: No, al revés, porque al jazzero en una buena noche lo ven 100 personas, y de repente cuando tienen 500 en frente les hace ruido. El rockero está más acostumbrado.

B: Nadie pensó que la expectativa venía de por fuera, si la hay es entre nosotros de hacer el mejor disco que podamos.
Alfaro: Yo personalmente disfruté mucho este disco. Quizás toqué cosas un poco más complicadas, pero ya había un concepto sonoro que se dio solo de tocar juntos. Me acuerdo que “Monster” fue al revés, no sabíamos de qué se trataba. Ya teníamos un concepto que funcionaba para este y lo único que hicimos fue ir y grabar.

T:¿Fueron encontrando bandas o artistas con cuestiones parecidas más deformes?

A: Yo creo que esta banda suena como suena por ser nuestra interpretación de las ideas de Nico. Él trae una idea bastante organizada y nosotros se la destruimos con nuestras improntas. A partir de ese caos controlado suena lo que suena. Si hay influencias creo que son demasiadas, porque son las que tiene Nico cuando compone y las que tiene cada uno a la hora de interpretar lo que uno quiere que suene. Pero no creo que salga de escuchar tal o cual banda y querer sonar así, al contrario.

R: Creo que tiene que ver con que esa parte está directamente relacionada con el momento de componer, que es de Nico. Después cuando nos juntamos a ensayar no viene él y dice cómo quiere que suene. Capaz el trampolín vino de ahí, pero la sonoridad termina siendo la que es.

B: En realidad tiene que ver con una cuestión orquestral, tenés a Hernán para tocar, tenés una variedad. Este disco lo compuso sabiendo lo que puede hacer cada uno y lo que no. No es que una parte pesada suena a lo Nine Inch Nails, suena pesado, también puede parecer Pantera. Tiene que ver a dónde te lleva, cada tema te va a hacer reminiscencia a un estilo distinto. Tiene una conducción entre una historia y la otra. Son temas que no tienen nada que ver salvo que los tocamos nosotros y vienen de la cabeza de una persona.

A: Si no tuviera las cosas que Nico ama no sería la música suya.

B: Tiene punk, tiene los Beatles, tiene música clásica, tiene jazz… Tiene todo: la impronta del compositor y de sus intérpretes. Este disco sí lo compuso pensando en nosotros como instrumentos, mucho más que el primero que se armó como un rompecabezas.

T:¿En su camino, se encontraron con una escena rica con lo que es el jazz, el folclore y el rock & roll?

A: Yo vengo del under del under. Trabajé muchos años como sesionista y he sido parte de espectáculos grandes, pero lo que yo elijo tiene la presión en lo que tocás y no en los que te vienen a ver. Teniendo en cuenta eso, uno se va nutriendo de ver todo lo que puede vayan 10 mil personas o 20. Desde ese lugar, me parece que en el rock nacional hay cosas súper valiosas, aunque no siempre coinciden con las que son más masivas. Cuando uno va a un lugar y se cruza con determinadas bandas a veces está buenísimo y a veces no le gusta, pero lo que se respira es muy rico. Capaz lo que llega a mostrarse suena todo igual, pero cuando empezás a escarbar hay cosas tremendas.

B: Definitivamente somos parte de eso, pero nosotros entramos medio de costado y rápido. Si pensás que Eruca, que es la primera banda de la historia del rock argentino que sale del interior y lograron lo que lograron, tardaron casi 10 años… Para nosotros se juntaron muchos factores, todos venimos de pelearla como locos, pero en tres años crecimos muchísimo. Están pasando cosas rebuenas, a la gente le gusta la banda y eso es increíble. El boca en boca se hace más rápido y todos venimos de historias así. Esto es medio raro porque fue rápido, pero entramos en una escena que ya está armada y que gracias a Dios tiene muchas bandas que son de afuera de Capital. Todos coincidimos en un mismo momento y es muy lindo. Por el rubro que busques hay gente extremadamente talentosa haciendo cosas muy copadas, hay una oferta cultural muy buena también en el teatro y en el cine. Es un muy buen momento, el tema es cómo hacer para que todas esas cosas lleguen al gusto masivo.

-¿Sienten que la disociación pasa por los medios? Que tomas las cuarenta bandas que se escuchan en Spotify y no tienen nada que ver con lo que suena en las radios.

B: Eso es algo que como músicos hemos intentando pero nunca logrado cambiar. Uno con los medios tiene una relación de amor odio, pero que le guste a la prensa hace que esto crezca más rápido. Y si crece más rápido puedo tocar en más lugares, hacer más discos, crecer y darle laburo a más gente. Pero el tema es eso, lo feliz sería que sea más parejo y abierto, que se difunda todo y que la gente elija.

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