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In the Flow Press · NO TIME TO SLOW DOWN: OCTAFONIC EN VORTERIX

El viernes pasado, Octafonic presentó su segundo disco “Mini Buda” ante un Teatro Vorterix repleto.

Existen pocas palabras que puedan describir, al menos de mi parte, lo que es Octafonic. La banda nace en 2013, casi como un accidente, y desde entonces, el experimento a cargo de Nicolás Sorín (voz y sintetizadores), el cerebro detrás de todo, no paró de crecer. En 2013 dieron a luz al primogénito “Monster”, donde lograron captar perfectamente y casi de manera natural la fusión que surge entre quienes componen la banda.

El noneto con nombre de octeto deslumbró y con ese primer trabajo lograron arrasar con todo lo que se propusieron. Desde llenar los escenarios de más renombre de Capital tales como La Trastienda y Niceto Club, hasta ganar un Gardel por mejor artista nuevo y otro por mejor álbum de pop/rock alternativo.

A mitad de este año llegó el anuncio tan esperado, el nuevo disco, “Mini Buda” (cuyo nombre había sido adelantado en la despedida del primero, un mes antes) se estrenaría a mitad de julio y sería presentado un mes después, en lo que sería para ellos su primer paso por el Teatro Vorterix.

La ansiedad aumentaba cada vez más, y la salida a la luz del segundo trabajo sólo hizo que se incremente. En la noche del viernes, todo esto se hizo más que evidente.

La cita estaba anunciada para las 20.00, horario en el que se dieron puertas y, desde ese horario ya en el interior del local se encontraba gran cantidad de público.

El lugar parecía sentarles de maravilla, una hora antes de que comenzara el espectáculo ya buena parte del recinto de Colegiales se encontraba repleto, todos aguardando el comienzo del show.

Desde abajo la música ambientaba pacíficamente, mientras que se apreciaba como el armado del escenario estaba compuesto por unos tules que simulaban ser telarañas hacia el fondo del lugar. Así siguieron transcurriendo los minutos, hasta que apenas pasadas las 21.30, sin ningún tipo de antelación, sin siquiera el telón cerrado y con la música de fondo que ni siquiera había cesado, los nueve se posicionaron en sus lugares, las luces bajaron y los gritos aclamando a los recién llegados no se hicieron esperar.

Apenas unos segundos de silencio, y comienza, sí, la que todos esperábamos: ‘Welcome to Life’, la misma que abre la placa.

Esto álbum habla de Dios, de la vida y de la muerte” nos había adelantado Sorín apenas un mes antes en una escucha exclusiva.

‘Mistifying’, ‘God’ y ‘Plastic’ fue el trío elegido para escucharse luego, haciendo intercalar sus canciones entre ambos trabajos. Cabe destacar que en esta última lo que sorprendió fue la gente. Octafonic es un grupo cuyo público puede ser encasillado más bien de espectador, pero, claramente, al igual que el grupo, las etiquetas no son lo suyo, porque el último corte de difusión de Monster los puso a todos a saltar en el centro del lugar, acompañado el tempo de la canción al ritmo del pogo.

Sin dejar de pasearse entre las piezas de ambos trabajos, no dejaron de sorprender un minuto por el sonido asentaron que demostraron a lo largo de la noche, así como también por el destacado juego de luces. Un público encendido a la par de los nueve arriba que acompañaban perfectamente.

Recién en el décimo tema, un Rupolo prendido fuego deslumbró con el momento que todos esperan, el solo de ‘Monster’, el clásico del grupo, que dio lugar a una doble joyita dentro del mismo: un solo de batería del Chino Piazza que dio cátedra, demostrando que Octafonic está siempre un escalón más arriba.

Entre risas por intercambios con el público, llegó ‘Slow Down’, uno de los puntos altos del disco, que en vivo no fue menos y además vino con sorpresa: hacia el final el grito que varios habían quedado esperando en ‘Wheels’, Lula Bertoldi, subió a deleitar junto al grupo e hizo delirar a todos.

Después de un amague y de despedirse y volver, una versión casi a capela de ‘That’s ok’, la nueva balada del noneto, conmovió a algunos, pero el clima cambió inmediatamente para un final bien arriba. ‘What?’ dejó a todos delirando ante un riff pegadizo, una canción que pasea por todos los costados de Octafonic, desde lo bizarro con un “¡CHINGA LA MADRE!” repetido con fuerza en el estribillo, hasta una fuerza arrolladora en el final, tal cual todo el espectáculo, y así, coronaron de manera más que exitosa esta presentación.

Octafonic demostró una vez que esta bandita de jazz no tiene límites establecidos de ningún tipo.

Crónica por Laila Mason
Fotografías por Nadia Rojek


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Ukelelo.com · Reseña presentación “Mini Buda” en Vorterix

Demás está decir que OCTAFONIC se ha convertido en una de las mejores bandas de la escena nacional. Lo he repetido una y mil veces, aparte de que ya es mas que notorio, que su música me gusta mucho. No solo ofrecen música de la ostia, sino que nada está librado en OCTAFONIC: La estética, la interpretación, la selección de temas, todo está pensado para lograr un éxito rotundo, y que el público que los va a ver se vuelva a su casa con la cabeza explotada, y con muchas ganas de mas.

Esto mismo, fue lo que sucedió el Viernes, en VORTERIX, cuando OCTAFONIC presentó su tan alabado nuevo CD MINI BUDA. Nadie puede negar, que los 9, una vez que pisan el escenario se convierten en dinamita pura. Sorín es el front man que todos deberían tomar como ejemplo: contagia, vibra, se expande por el escenario y se su voz, sus melodías, se meten en el torrente sanguíneo de quienes lo observan, haciéndolos parte de la psicodelia Sorín que te hace volar lejos y te deja vibrando por un tiempo extenso, aún cuando el show se terminó.

Cirilo Fernandez, Chino Piazza, Hernan Rupolo, son la tríada que empuja y hace estallar a OCTAFONIC. Cada uno a cargo de su instrumento logra una fuerza sin precedentes, como pude observarse en el tema SLOW DOWN (que contó con la participación de la genial Lula Bertoldi), el cual hizo que VORTERIX se encendiera y el público enloqueciera de satisfacción con una melodía perfectamente ejecutada y llena de rock.

Hernan Rupolo tuvo su momento intimista, retrospectivo, con su solo que fue encantando al público que lo escuchaba atento, con un enorme respeto, porque Rupolo, en su virtuosismo, genera justamente eso: Un enorme respeto por parte del público que sabe que gente como él, musicalmente hablando, son algo extraordinario, y poder verlo hacer lo suyo es casi un privilegio.

El Tano Bonadio llevó el público, como solo él sabe hacerlo: Bailó, festejó, elevó y mantuvo el nivel de energía alto, porque bajar en una noche como el viernes, podría ser considerado pecado capital.

El set list de la noche fue:

  • Welcome To Life
  • Misty
  • God
  • Plastic
  • Love
  • Mini Buda
  • Wheels
  • Nana nana
  • Tv
  • Sorry
  • Sativa
  • Over
  • Slow Down
  • That’s Ok
  • What

Este set list, mas la puesta en escena, la química y energía Octafonic, las luces, y el público, harán del 19 de Agosto, la noche en que se recordará como la noche en que Octafonic, marcó su despegue definitivo, para demostrarnos que en genialidad, talento y excelencia musical, no hay límites.


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Camarines del Rock · Octafonic y el arte de salirse de las casillas

El grupo presentó su disco Mini Buda el pasado viernes 19 en Vorterix.

La banda está conformada por Nicolás Sorín en teclados y voces, lo acompañan Cirilo Fernández en bajo y contrabajo, Francisco Huici en saxo barítono, Leonardo Paganini en saxo tenor, Juan Manuel Alfaro en saxo alto y clarinete, Hernán Rupolo en guitarra eléctrica, Mariano Bonadío en drumpad y megáfono, Leonardo Costa en sintetizadores y Ezequiel Piazza en batería.

Pasadas las nueve y media de la noche hicieron su aparición en el escenario del barrio de Colegiales con Welcome to life. Para entonces, los presentes ya habían llenado el teatro y venían pidiendo con aplausos el comienzo del show. Un público que ya maneja sus códigos y comprende que su estilo escapa a toda lógica: se llaman Octafonic pero lo integran nueve músicos. Son argentinos pero cantan en inglés, cuando no lo hacen en una suma de sonidos ininteligibles. Algunos de sus miembros vienen de la música cinematográfica y se han formado en la Universidad de California en Berkeley, pero son también fabricantes de pogos.

Quizás la definición que más se les acerque sea ‘Los Mr. Bungle argentinos’, pero tampoco. No hay forma de transmitir su música, sino escuchándolos tocar. Y es que por sobre todas las cosas, los Octafonic son expertos en ser inmunes a las etiquetas o en el arte de salirse de las casillas.

El Show

Un recurso tan simple como eficiente fueron los tules superpuestos en la embocadura del escenario y en el fondo. Combinados con la impecable ingeniería de luces que daban ambientación al show.

El setlist fue in crescendo e incluyó algunos temas de Monster, su trabajo anterior: Mistifying, Plastic, Love,Wheels, I’m Sorry, Over y el tema que da nombre al disco.

La distorsión y las guitarras de Rúpolo protagonizaron muchos de los temas que van desde el rock, hasta la electrónica, el metal o el funky. Impresionante su solo country previo a Nana nana.

Algunos hitos de los vientos fueron su potencia sonora en “Nana nana” y su intro previa a Whiskey Eyes.

Un capítulo aparte merece la ejecución de Mariano Bonadío y Piazza en Sativa, imposible no intentar seguir la percusión, imposible no morir en el intento.

Fue destacable la devolución del público que participó de acuerdo a lo que cada canción le generaba, desde pogos hasta la transformación de los arreglos musicales en coros de onomatopeyas.

Lula Bertoldi, cantante de Eruca Sativa y pareja de Sorín, fue invitada sobre el final del show. El tema elegido para el cierre fue ‘What’, uno de los más potentes del disco

Bonus tracks

  • El lanzamiento del disco fue el 5 de julio pasado en Ciudad Cultural Konex, donde durante dos funciones se podía escuchar el disco completo, a oscuras, en parlantes holofónicos.
  • Fiel a sus orígenes en la música cinematográfica, la banda se destaca por la producción de sus videoclips. Mini Buda fue dirigido por Sebastián Sorín, quien junto a Nicolás, son hijos del reconocido cineasta Carlos Sorín.
  • Tienen previstas fechas promocionales en distintos puntos del país y en octubre vuelven a tocar en la Ciudad de Buenos Aires.

Romina Romero @rom_romina

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Esquinarockweb.com · El octeto sin techo

La banda de Nicolás Sorín llenó Vorterix en la presentación de ‘Mini Buda’, el último engendro musical de un monstruo que no para de crecer.

(Viernes 19 de agosto / Teatro Vorterix) La noche acontecía un poco más fresca que sus predecesoras. En el cruce de las avenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze se encontraban aquellos que pensaron que trajeron un abrigo de más y quines no llevaron el suficiente. En esta inconsistencia, había algo que estaba totalmente claro: Octafonic se iba a presentar por primera vez en aquel teatro que suele tener de actores principales a bandas que están intentando dar el salto. Las puertas del lugar hablaban de que el objetivo, se estaba cumpliendo.

Las pantallas gigantes ubicadas detrás de las plateas transmiten la previa de lo que empezaría a ocurrir pasada la media hora de las nueve de la noche. La radio que auspicia el lugar, no se privó de reproducir via streaming todo el show, que por cierto comenzó con todos sus integrantes bajo una especie de capa negra con capucha.Welcome To Life abrió el show, de la misma manera que inicia su flamante último disco.

Nico Sorin, con su mini sintetizador en el centro de la escena, tuvo en sus extremos al guitarrista Hernan Rupolo y al bajista Cirilo Fernández. Por detrás, la batería ejecutada por Ezequiel Piazza. A su izquierda posaban los vientos (Francisco Huici, Leo Paganini y Juan Manuel Alfaro), mientras que a su derecha se ubicaron el percusionista Mariano Bonadio y el tecladista Esteban Sehikman. Octafonic tenía más espacio que en ocasiones anteriores, lo que permitió a su líder moverse con más libertad sobre el escenario.

El cambio y la afinidad en el público con la banda se hicieron notar desde la primera hora. Cuando Plastic, uno de los éxitos de su disco debut Monster (2014), empezó a sonar se escuchó la mini ovación de cuando se pulsa ese tema que todos quieres escuchar. Lo mismo ocurrió cuando adivinaron la inminente venida de Mini Buda”, que imitando al cantante alzaron las manos en alto, tal cual la tradicional pose budista. El primer corte del su nuevo engendro estaba teniendo el éxito que quizá no sospechaban, pero seguro buscaban.

“Esta es la última canción…del primer set”, aclaraba el líder del monstruo, para que el mini riff de Wheels ponga a su público en un grito. A su término, mientras los demás integrantes abandonaban el escenario para cumplir con la profecía, Hernan Rupolo regaló un solo de guitarra que el público recompensó con un aplauso ensordecedor. Con las capuchas dejadas de lado, los trajes se hicieron presentes para encabezar la segunda parte el show conNana Nana y TV, que dejó en claro todo el potencial que tiene Octafonic para recorrer todos los estilos y vibrar con el formato de canción que más les guste. “Es el que más nos cuesta, y eso que es el único que es 4×4”, se confesaba Sorín.

Luego de los aplausos tras la presentación de los músicos, llegó la hora de una de las piezas más esperadas de la noche: Monster, que volvió a sonar con la potencia y la prolijidad que lo ameritan, dejando más que conformes a todos con la elección del show que decidieron presenciar. Luego de un solo de batería de Piazza, el monstruo resucitó para que luego finalice con Nicolás Sorín de rodillas frente a su sintetizador para marcar el final al resto de sus camaradas.

Los aplausos coordinados con la métrica que propone I´ m sorry en su comienzo se transformaron en cantos al cielo durante el clímax del tema, que fue sin dudas unos de los más disfrutados de la noche. La Lista siguió conSativa, Over y Slow down, esta última con la intromisión de Lula Bertoldi, que terminó el tema de frente a su esposo, formando un final inigualable. El abrazo con los músicos, el correspondiente beso con su cónyuge y el aplauso del teatro entero marcaron la salida de la integrante de Eruca Sativa.

Ya como preámbulo del final, el creador de la bestia agradeció una vez más a todos los involucrados esa noche, aún sin creer como una “bandita de jazz” pudo lograr semejante repercusión. Está claro que él sabe que son mucho más que eso, y que orgullosamente está logrando su objetivo de llegar a la mayor cantidad de oídos posibles. El par That’s Ok y la inmensamente pogueda What dieron el cierre a una nueva meta batida por el octeto que no se piensa conformar.


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LA NACIÓN · Música cerebral y apasionada

Por Sebastián Ramos

No es casualidad que desde su aparición Octafonic haya llamado la atención de una escena rockera local con necesidad de oxigenación. Una banda de músicos provenientes del jazz, con sentir metalero y canciones en inglés, que pueden pasar de la ambientación al rock industrial y del funk al desenfreno electrónico sin perder su formación orquestal. Un monstruo de una cabeza (Nicolás Sorín, hijo del cineasta Carlos y mentor, compositor, cantante, tecladista y arreglador de la banda) y dieciseis brazos (a los de Sorín habrá que sumarles los de Cirilo “Chibi” Fernández -bajo y contrabajo-, Ezequiel “Chino” Piazza -batería-, Juan Manuel “Truli” Alfaro -saxos y clarinete-, Francisco Huici -saxo y banjo-, Leonardo Paganini -saxo-, Mariano “Tano” Bonadio -percusión- y Hernán Rupolo -guitarras-). Una agrupación que se mueve por fuera de los cánones establecidos para el rock argentino y que con su segundo álbum,Mini Buda, da un paso más en el camino de la consolidación de un sonido propio.

Una de las definiciones posibles de la música de Octafonic sería que se trata de música cerebral interpretada de manera sanguínea. Un poderoso combo que logra su máxima expresión (o punto de ebullición justo) en el vivo (ayer presentaron su nuevo disco en Vórterix). Pero lo cierto es que en buena parte de Mini Buda, la banda logra transmitir ese incendio sonoro en el que suelen convertirse sus shows.

Desde el robótico inicio con “Welcome To Life” hasta el nümetalero “Slow Down” que lo cierra, Mini Buda pasea por todos los estados de ánimo musicales del octeto. En nueve canciones, demuestran su versatilidad con estilo, pasando de rarezas como la canción que da nombre al álbum a melodías pop como “TV”, yendo a bailar a la disco con “Sativa”, para luego explotar en lo que bien podría ser el punto más alto con “What”, donde participó Tito Fuentes, de Molotov.

Como lo señala la portada a cargo del ilustrador Costhanzo: “Parental Advisory – Contiene letras en inglés”. “Nuestra música suena mejor en ese idioma”, se sinceran ante quien se atreva a hacer la pregunta del millón para una banda argentina que canta en inglés. “I don’t believe in Shakespeare” se ríen en la lúdica “Nana Nana”, que en apenas cuatro minutos tiende puentes y guiños entre el incrédulo John Lennon de “God”, la voraz obsesión de los Minions por las bananas, el soundsystem jamaiquino y el western festivo de frontera. Así de compleja como de divertida puede sonar la música de Octafonic.

Por eso, nuestra etiqueta de Parental Advisory es la siguiente: Escuchar sin prejuicio… y a todo volumen.

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PÁGINA 12 · “La interpretación de un universo mental”

El noneto liderado por Nicolás Sorín hace “un abuso de los géneros” que lo lleva a “un no-género”, pero donde caben desde guitarras funk y metaleras que se mezclan hasta programaciones y texturas. Y que descoloca pero atrapa al oyente casual.

Uno de los efectos paralelos –deseado o no, quién sabe– de Mini Buda, el nuevo disco de Octafonic, es el hecho de obligar al oyente a una escucha completa, y de no limitarse a alguna canción aislada. Cuando un par de tracks invitan a adivinar a qué suena la banda, el siguiente llega para descolocar y preguntarse “¿qué es Octafonic?”. “Tomá, escuchalo”, dice Nicolás Sorín, cantante, compositor y tecladista de este noneto difícil. Saxos con más de Morphine que de rock barrial, guitarras funk y metaleras que se mezclan y recuerdan a Faith No More, programaciones y texturas propias de Nine Inch Nails: Octafonic hace uso de géneros, más que de referencias ya conocidas, para crear uno distinto, por no decir nuevo. Junto a cuatro de sus compañeros –Juan Manuel Alfaro (saxo), Mariano Bonadio (drumpad), Cirilo Fernández (bajo) y Hernán Rupolo (guitarra)– Sorín recibe a Página/12 y, sin adueñarse de la voz, ensaya una posible explicación para la criatura, con la que se presentará esta noche en el Teatro Vorterix (Lacroze y Alvarez Thomas): “Para mí es un abuso de géneros y, por ende, un no-género. Son tantas referencias y eso de ser libres con los rótulos que al final no es nada”.

–¿Y esa imposibilidad de encasillarlos les resulta simpática?

Hernán Rupolo: –Sí, aunque no sea el objetivo final.

Mariano Bonadio: –El uso de la variedad tiene que ver con el relato de la canción que se quiere, no con que no te puedan definir. El hecho de que no nos puedan definir es raro. Hay etiquetas tipo “new wave jazz for old people” que parecen demasiado específicas y lo nuestro claramente no lo es.

–Mini Buda, al igual que su debut Monster, tiene múltiples capas de sonidos, de lugares en la mezcla, de arreglos y cositas que aparecen y desaparecen. ¿Cuánto tiempo lleva hacer un disco así?

Nicolás Sorín: –Ya estaba todo más o menos planteado en una pre-producción. Se venía, se ensayaba y se maqueteaba. Habrán sido como seis meses…

M. B.: Fueron quince días de grabación neta y después vino la mezcla, que se hizo afuera, con Héctor Castillo.

N. S.: –Siempre es difícil encarar una mezcla con alguien que está afuera, pero por suerte con Héctor nos llevamos una buena sorpresa porque entendió el concepto de la banda. No tenía referencias, pero el tipo entendió todo.

–¿Y por qué encargarle la mezcla a una persona que no los conocía?

N. S.: –Por su piso técnico. Sin desmerecer lo que se hace acá, los laburos de él –desde Bowie hasta Björk– tienen un nivel técnico impecable. Para mí es como una cancha de fútbol de once, y nosotros necesitábamos eso para poder acomodar los sonidos y la cantidad de información que teníamos. Ese sonido 3D es súper importante. Otra persona hubiera metido capas y capas que no se hubieran podido apreciar.

–¿Trabajan en función de lograr que el disco pueda ser reproducido en vivo, o se graba independientemente de si eso sale igual sobre el escenario?

H. R.: –El chiste de que seamos nueve permite que eso suene en vivo como tiene que sonar. Eso no necesariamente significa que tenga que ser igual al disco, porque hay canciones que van cobrando otra personalidad en vivo.

N. S.: –Es un poco el reto, pero igualmente creo que el vivo tiene un picante extra. El disco está muy trabajado y en el escenario suceden cosas… Mientras la energía del vivo esté bien, pueden ocurrir cosas. Ahí hay un ímpetu, un brío que no tiene el disco, y eso me gusta, me divierte.

–El disco da la sensación de ser muy técnico, una máquina. ¿Es así?

N. S.: –No tanto, ¿eh? No vamos por el lado del virtuosismo. Desde la composición hay algo orquestal, texturas… Fue concebido así y quizás en eso es donde se percibe cierto virtuosismo, porque para escribir eso se necesita reorganizar las frecuencias de determinada manera, repartir información. El resto es bastante espontáneo y orgánico.

Manuel Alfaro: –Todo tiene que ver con la interpretación. Octafonic es la interpretación de ocho músicos del universo mental de Nico y de cómo él concibe la música. Eso fue interpretándose de una manera muy ecléctica y a lo largo de estos tres años la banda fue encontrando un lugar sonoro propio. Más allá de que Mini Buda se haya grabado así, la banda venía sonando de una manera, y los temas fueron tomando forma mucho más cerca de lo que él quería o imaginaba.

N.S.: –Lo que pasa es que Monster fue como un conejillo de indias, porque se armó la banda casi al mismo tiempo que se hizo el disco. Fue un proyecto más que una banda. Ahora ya sabíamos cómo tenía que sonar el disco.

M. B.: –Son canciones y por eso te hacen mover la pata, pero al mismo tiempo suena más fácil de lo que es tocarlo. Si no lo ensayás por dos semanas, se te va esa justeza que requiere.

–¿Y cómo les explica Sorín qué es lo que quiere que hagan?

N. S.: Maqueteo en la computadora y después los hago tocar como robots (risas). No, en serio: negociamos. Ellos le dan una naturalidad que no logro en la secuencia y está buenísimo, porque es la parte humana contra esa máquina perfecta. Es humanizar algo robótico, que no es fácil, pero a veces necesita que suene así. Lo que ocurre últimamente es que traen mejores ideas que las que se me hubiesen ocurrido a mí.

–Parece estar rodeado de las personas correctas…

N. S.: –Totalmente, es así. Creo que Octafonic es justamente eso y ahora que con este disco nos conocemos más, cada uno mantiene su personalidad. Dentro de la rigidez que pide la música, cada uno se desenvuelve libremente.

–¿Qué cosas les preocupan? ¿De qué habla Octafonic en su parte más lírica y no musical?

N. S.: –Monster habla un poco de todo, de una manera sarcástica. Hay temas apocalípticos, hay canciones que hablan del amor casi desde un costado científico, hay de todo. En cambio, Mini Buda tiene un hilo conductor, que son la muerte, la vida y Dios. Pero realmente tratamos de no ser muy explícitos ni muy literales, queremos que la gestualidad de la palabra sea lo que llegue, y un poco por eso también es que canto en inglés. Que cada palabra tenga un significado para la persona, que no sea tan evidente. La poesía justamente es eso, la capacidad de, con una palabra, hacer dos. O jugar con la manera de cantarla. Creo que eso es lo interesante y, de hecho, muchos de ellos no tienen ni la más puta idea de qué van las letras.

M. A.: –Yo suelo escuchar mucha música instrumental, y lo escucho a Nico decir esto y sé que es así. Muchas veces la letra va en función de la rítmica y la música, es un instrumento más que se cuela entre toda esa maraña, en ese engranaje melódico, rítmico y armónico.

H. R.: –Para contrarrestar un poco, yo que soy de prestarle atención a las letras, debo decir que hay una en especial que en una parte me pone la piel de gallina, lo que dice que definitivamente hay algo. Hay cosas interesantes.

N. S.: –Sí. Se escuchan o no. Elige tu propia aventura.

–¿Qué se puede esperar del show de presentación, además de más canciones y la locura habitual?

N. S.: –Estamos trabajando mucho más en la puesta, sobre todo de luces. Es una música súper programática y visual, y estamos tratando de que todo eso se acompañe. Vorterix es un lugar que se presta mucho para eso. Lejos estamos de ser Nine Inch Nails, pero queremos que cada canción tenga un color, un movimiento, un barrido, un atractivo… Creo que eso va a servir para darle una cosa más sensorial a la música. Y algún que otro invitado, claro.

–¿Cuál es la duración óptima para un show, como banda y como espectadores?

N. S.: –Una hora y media, no más de eso.

H. R.: –Lo mismo se aplica al disco. Me han dicho que es muy corto, pero a la vez es intenso, tiene muchas capas.

M. A.: –Hay muchas cosas para descubrir en cada escucha, así que hacer algo más largo me parece mucho, termina por arruinarte.

N. S.: –Me parece que depende de la información. Hay shows y discos más largos pero relajados, y hay discos y shows más intensos. Un disco es como un bebé: tiene las mismas piezas, las mismas articulaciones que un adulto, pero está comprimido. Como un Mini Buda.

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LA NACIÓN · “Octafonic y sus canciones para levitar”

Desde su sorpresiva aparición en la escena tres años atrás, con un sonido ecléctico que luego transportaron a las canciones de su primer álbum, Monster (2014), la curiosidad por conocer qué camino seguiría esta banda después de su atractivo debut atrajo la mirada de propios y extraños. Provenientes de la escena del jazz local, pero con espíritu rockero, el octeto liderado por Nicolás Sorín acaba de editar su segundo disco, Mini Buda, reforzando el sonido original y compacto que, poco a poco, se va instalando como marca registrada.

Esta noche, en el teatro del barrio de Colegiales, la banda presentará oficialmente este segundo capítulo musical, que insiste en fusionar géneros con elegancia y precisión. De esta forma, Octafonic dará el puntapié inicial a su gira Kick Off, que en los primeros días del mes próximo los llevará a Santa Fe y Córdoba.

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LA VIOLA · “Es un trabajo que sigue la línea eclética”

Por Carlos Iogna Prat

Octafonic es una de las nuevas e interesantes propuestas del panorama local. Un sonido trabajado y que transita sin ningún problema por cualquier género. El debut de la banda comandada por Nicolás Sorín fue con Monster llamando la atención de la crítica especializada y del público. Esa gran respuesta llevó al grupo a telonear a Faith No More en el Luna Park, y quedarse con dos premios Gardel en el 2015 como “Mejor Album de Rock” y “Banda Revelación“.

En su nueva producción, Mini Buda, la banda se metió en una propuesta más rockera, pero sin perder su sello ecléctico.

El álbum, producido por la banda, fue mezclado por Héctor Castillo (Björk, Roger Waters, Gustavo Cerati, Lou Reed, entre otros) y masterizado en Estados Unidos por Dave McNair (Bob Dylan, David Bowie, Prince, Miles Davis, etc).

Tuvo la participación especial de Tito Fuentes de Molotov (“What”) y Lula Bertoldi de Eruca Sativa (“Slow Down”). Antes de presentarlo oficialmente el 19 de agosto en el Teatro de Colegiales hablamos con Nicolás Sorín, cantante y tecladista. La banda se completa con Cirilo Fernández en bajo, Hernán Rupolo en guitarra eléctrica, Leo Costa en teclados, Francisco Huici, Leo Paganini y  Juan Manuel Alfaro con los saxos y las percusiones Mariano Bonadio  y Ezequiel Chino Piazza.

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