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In the Flow Press · NO TIME TO SLOW DOWN: OCTAFONIC EN VORTERIX

El viernes pasado, Octafonic presentó su segundo disco “Mini Buda” ante un Teatro Vorterix repleto.

Existen pocas palabras que puedan describir, al menos de mi parte, lo que es Octafonic. La banda nace en 2013, casi como un accidente, y desde entonces, el experimento a cargo de Nicolás Sorín (voz y sintetizadores), el cerebro detrás de todo, no paró de crecer. En 2013 dieron a luz al primogénito “Monster”, donde lograron captar perfectamente y casi de manera natural la fusión que surge entre quienes componen la banda.

El noneto con nombre de octeto deslumbró y con ese primer trabajo lograron arrasar con todo lo que se propusieron. Desde llenar los escenarios de más renombre de Capital tales como La Trastienda y Niceto Club, hasta ganar un Gardel por mejor artista nuevo y otro por mejor álbum de pop/rock alternativo.

A mitad de este año llegó el anuncio tan esperado, el nuevo disco, “Mini Buda” (cuyo nombre había sido adelantado en la despedida del primero, un mes antes) se estrenaría a mitad de julio y sería presentado un mes después, en lo que sería para ellos su primer paso por el Teatro Vorterix.

La ansiedad aumentaba cada vez más, y la salida a la luz del segundo trabajo sólo hizo que se incremente. En la noche del viernes, todo esto se hizo más que evidente.

La cita estaba anunciada para las 20.00, horario en el que se dieron puertas y, desde ese horario ya en el interior del local se encontraba gran cantidad de público.

El lugar parecía sentarles de maravilla, una hora antes de que comenzara el espectáculo ya buena parte del recinto de Colegiales se encontraba repleto, todos aguardando el comienzo del show.

Desde abajo la música ambientaba pacíficamente, mientras que se apreciaba como el armado del escenario estaba compuesto por unos tules que simulaban ser telarañas hacia el fondo del lugar. Así siguieron transcurriendo los minutos, hasta que apenas pasadas las 21.30, sin ningún tipo de antelación, sin siquiera el telón cerrado y con la música de fondo que ni siquiera había cesado, los nueve se posicionaron en sus lugares, las luces bajaron y los gritos aclamando a los recién llegados no se hicieron esperar.

Apenas unos segundos de silencio, y comienza, sí, la que todos esperábamos: ‘Welcome to Life’, la misma que abre la placa.

Esto álbum habla de Dios, de la vida y de la muerte” nos había adelantado Sorín apenas un mes antes en una escucha exclusiva.

‘Mistifying’, ‘God’ y ‘Plastic’ fue el trío elegido para escucharse luego, haciendo intercalar sus canciones entre ambos trabajos. Cabe destacar que en esta última lo que sorprendió fue la gente. Octafonic es un grupo cuyo público puede ser encasillado más bien de espectador, pero, claramente, al igual que el grupo, las etiquetas no son lo suyo, porque el último corte de difusión de Monster los puso a todos a saltar en el centro del lugar, acompañado el tempo de la canción al ritmo del pogo.

Sin dejar de pasearse entre las piezas de ambos trabajos, no dejaron de sorprender un minuto por el sonido asentaron que demostraron a lo largo de la noche, así como también por el destacado juego de luces. Un público encendido a la par de los nueve arriba que acompañaban perfectamente.

Recién en el décimo tema, un Rupolo prendido fuego deslumbró con el momento que todos esperan, el solo de ‘Monster’, el clásico del grupo, que dio lugar a una doble joyita dentro del mismo: un solo de batería del Chino Piazza que dio cátedra, demostrando que Octafonic está siempre un escalón más arriba.

Entre risas por intercambios con el público, llegó ‘Slow Down’, uno de los puntos altos del disco, que en vivo no fue menos y además vino con sorpresa: hacia el final el grito que varios habían quedado esperando en ‘Wheels’, Lula Bertoldi, subió a deleitar junto al grupo e hizo delirar a todos.

Después de un amague y de despedirse y volver, una versión casi a capela de ‘That’s ok’, la nueva balada del noneto, conmovió a algunos, pero el clima cambió inmediatamente para un final bien arriba. ‘What?’ dejó a todos delirando ante un riff pegadizo, una canción que pasea por todos los costados de Octafonic, desde lo bizarro con un “¡CHINGA LA MADRE!” repetido con fuerza en el estribillo, hasta una fuerza arrolladora en el final, tal cual todo el espectáculo, y así, coronaron de manera más que exitosa esta presentación.

Octafonic demostró una vez que esta bandita de jazz no tiene límites establecidos de ningún tipo.

Crónica por Laila Mason
Fotografías por Nadia Rojek