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lanacion.com · Octafonic y un viaje sonoro que sobrevuela géneros y latitudes

Nicolás Sorín, director musical del octeto, cuenta pasado, presente y futuro de esta rara avis rockera de la escena.

LA NACION 31-03-17

budista con megáfono pide a gritos redención y otro saca dinero de un cajero automático. Podría ser un verso de una canción de Divididos, pero es una de las imágenes que le impactaron a Nicolás Sorín en sus vacaciones en Tailandia y que lo inspiraron conceptualmente para componer el segundo álbum de Octafonic, Mini Buda. “Es un disco bastante oscuro, que habla sobre la muerte y sobre dios, pero también sobre la vida”, dice el músico, en referencia a que durante el viaje a Tailandia, su pareja -Lula Bertoldi, cantante del grupo Eruca Sativa- estaba embarazada de tres meses.

De una u otra manera, los viajes han marcado a fuego la música de Sorín. Desde aquel vuelo iniciático a Boston para estudiar composición clásica en Berklee con apenas 17 años hasta esta travesía inspiradora por el sudeste asiático que devino en una de las sorpresas discográficas del año pasado, pasando por su estadía en España como arreglador de Miguel Bosé, en lo que él mismo define como una suerte de “maestría en pop”.

“A los 13 años ya soñaba con ir a Berklee. Para mí, era como ir a Disney”, dice. “Yo venía haciendo punk, y cuando llegué estaban todos los muchachos tocando serios. No fue fácil, pero rescato haber respirado música 24 horas por día. Fueron cinco años de mucha información, porque estudié tres carreras: composición de jazz, de música clásica y música para películas.”

De allí, Sorín -hijo del cineasta argentino Carlos Sorín- se instaló dos años en Nueva York con el objetivo de “desintoxicarse” un poco de la música, hasta que Miguel Bosé recurrió a él para que le hiciera unos arreglos orquestales y viajó a Madrid. “Terminé tocando con él tres años. Fue como el antimáster, porque yo venía de música dodecafónica, del esnobismo de la academia, y con él fue un contraste absoluto, porque de repente veías que el chabón estaba cantando y movía el culo y la gente se volvía loca. ¡No era el do sostenido, era el culo del quía! A partir de ahí traté de conjugar esos dos mundos: el clásico y el pop.”

A su regreso a Buenos Aires, Sorín armó el Sorín Octeto, con una impronta jazzera y músicos de la escena del jazz (“Pipi” Piazzolla incluido), pero que también se nutría del espíritu rockero. Hasta que, en 2013, formó Octafonic, otro octeto compuesto por músicos virtuosos, pero ya con los pies bien metidos en las aguas del rock.

-El octeto parece que te sienta bien, sea la música que sea, ¿por qué lo elegís como formato?

-Porque me gusta esconderme detrás de muchos músicos, me siento muy vulnerable en un trío. Quizá sea porque como performer tampoco he estudiado ocho horas por día. Soy más compositor que otra cosa. Además, ocho músicos no llegan a ser una orquesta, sigue prevaleciendo la individualidad de cada uno. En una orquesta eso no sucede. Este número te permite tener las individualidades y a la vez tener un sonido en masa.

-¿Cuál es para vos la diferencia entre dirigir una orquesta y dirigir una banda de rock?

-Creo que depende más de la geografía. Acá hay una cuestión latina que no se puede evitar, toques lo que toques, porque por ahí en Europa si le decís algo a un músico, se queda callado y acepta. Pero bueno, acá existe también una relación con los músicos que en el octeto en Nueva York no pasaba. Tener músicos en la banda es como tener novias. Acá todo es más italiano, más caótico. Lo que intento es aprovechar ese caos y que cada show sea como una película de Fellini, como que está controlado pero no, siempre algo imprevisible puede pasar.

La semana próxima, Octafonic -que completan Hernán Rupolo en guitarra, Cirilo Fernández en bajo, Ezequiel Piazza en batería, Mariano Bonadío en teclados y drum-pad y Leo Paganini, Francisco Huici y Juan Manuel Alfaro en vientos- volverá a presentarse en Niceto Club, con las canciones de Mini Buda como eje, pero con la libertad musical que los caracteriza y que los convierte en una rara avis de la escena local.

“Si bien por la música que hacemos parece que improvisamos mucho, la improvisación en sí pasa por lugares más chicos, está más restringida. La música de Octafonic es compleja para ensamblar, pero tratamos de que sea fácil de escuchar. Lo que intentamos es lograr cierta tranquilidad y flexibilidad dentro de algo que es cronometrado, como si fuera una especie de reloj suizo, en el que hay dos o tres ritmos a la vez.”

Para agendar

Octafonic

Sábado 8 de abril, Niceto Club, Niceto Vega 5510. A las 21

Del jazz al rock y del rock a la electrónica

Una banda inquieta, en busca de un sonido siempre en movimiento

Sorín asegura que cuando Octafonic grabó su primer álbum, Monster (2014), no sabía hacia dónde iba a ir el proyecto. “Veníamos del jazz y decidimos dejar que las canciones tuvieran su autonomía, sin buscar ningún tipo de sonido”, asegura el músico. Pero con la llegada de Mini Buda, la cosa cambió: “Nos dimos cuenta de que no éramos una banda de jazz y con el ingreso de Rupolo en guitarra fue como que su mano derecha nos dictó el camino sonoro y se puso más rockero todo. Siempre que se suma alguien a la banda le da otros colores y tintes. Ahora, para el tercer disco, probablemente vayamos hacia otro lugar otra vez, quizás algo más electrónico, algo más dance”.

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