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rockandball.com.ar · OCTAFONIC EN VORTERIX: ¡A MOVERSE, QUE LO DEMÁS ES NANA NANA!

Solo han pasado tres meses desde que Octafonic mató al monstruo en Niceto Club, sin embargo, la convocatoria que generó la presentación de “Mini Buda” en la esquina de Lacroze y Álvarez Thomas resultó avasallante.

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El bullicio es constante. La sensación de espera enerva los sentidos y los minutos volviéndose cada vez más y más elásticos tampoco ayudan. El flujo de público es incesante desde la entrada del Teatro Vorterix pero, fuera de un escenario casi sumido en la penumbra y con el que pareciera ser un muro de telarañas azules detrás del set de batería y pequeños bloques de hielo distribuidos por todo el escenario, poco se puede anticipar sobre esta presentación de Octafonic.

Las inquietantes preguntas no tardan en aparecer: sobre si los nueve temas del disco que hoy los convoca a todos, Mini Buda, serán tocados uno detrás del otro desde el principio o si aparecerán resabios de Monster(2014) para alegrar a la camada que acompaña a la banda desde el comienzo o si simplemente, el monstruobrillará por su ausencia.

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En el centro del escenario, un sintetizador y un micrófono aguardan pacientemente por Nicolás Sorín (voz principal del conjunto) y el público grita ¡vamos! cuándo ve ingresar a nueve figuras que portan túnicas negras sin mangas y hasta la rodilla. Está todo listo y hay mucho en juego: a la derecha de Sorín, Hernán Rupolo carga con su Stratocaster parcialmente quemada y, en el extremo opuesto, Chibi Fernández le da la bienvenida al público con una sonrisa de oreja a oreja, casi tan grande como su bajo.

Todo lo que una persona de seguridad podría decirte al entrar a un show, te lo reproduce Welcome to life; un saludo a todos los tickets que vinieron a disfrutar de la efervescencia de la banda, que se encuentra iluminada frenéticamente. Los nueve de Octafonic y el público se empiezan a mover y el ambiente se torna caliente conforme la canción avanza. Los flashes quedan desplazados y suena Mistifying, para dejar que la temperatura aumente. ¿Te acordás cuando teníamos que empujar a la gente en Niceto para que se moviera?, le comenta una amiga a la otra. El baile no se detiene hasta pasadas las 23:00; lo demás, es solo un recuerdo difuso.

Con una pandereta en la mano, Sorín canta “Nuestro miedo crea un Dios” para cerrar God. La complicidad sobre el escenario de Rupolo y Chibi Fernández los convierte en la dupla insignia para llevar a cabo Plastic, en la cual el Tano Bonadio toma al toro por las astas y, desde el micrófono central, enaltece el pogo.

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La patada encarecida en Love será compensada en breve. Mientras tanto, la espectacularidad del Chino Piazza es visible y audible: sus dos pies trabajan en conjunto para marcar la tierra y las semicorcheas, las que, acompañadas por los fieles saxos de Leo Paganini, Francisco Huici y Juan Manuel Alfaro, hacen una versión igual o mejor al disco. La atmósfera toma el tinte misterioso que Octafonic alardea desde temprano y Mini Buda estalla para aportar esa oscuridad metalizada, ese trance hipnótico; una persecución simulada por la batería incansable de Piazza, en medio de los confusos alaridos disonantes de Sorín.

Las Wheels no dejan de rodar y, luego de su marcha, dejan a Hernán Rupolo sentado en una silla. El hombre con las seis cuerdas dice “vamos a ver si sale” y, al mejor estilo Stevie Ray Vaughan, se roba los aplausos del público con un solo que roba el aliento. El grupo aprovechó el interludio propuesto para cambiarse las túnicas por los trajes (uno de los símbolos de Monster) y así usar las notas del guitarrista como una antesala de la cómica y fresca Nana Nana.

“Qué difícil que es este tema… a pesar de que es 4×4” y Sorín se ríe de sí mismo luego de mezclar algunos segmentos de la lírica de TV antes de finalizarla. Es el turno de la pieza central del anterior disco deOctafonic y “Yo sé, que a la mañana siguiente, te convertís en un monstruo”. El tenebroso Monster asusta a la mayoría de los músicos sobre el escenario, que huyen despavoridos y dejan al Chino Piazza solo y a su suerte. Con agarres tradicionales y jazzeros, se convierte en el eco que retumba a lo largo y ancho de todo elTeatro Vorterix por varios minutos.

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Tano Bonadio, el arengador por excelencia, dirige las palmas del público a su gusto durante el cierre de I’m Sorry. Los momentos previos a la conclusión de este set toman la forma de Sativa y Over. El grito desgarrador de Lula Bertoldi (esposa de Nicolás Sorín) y el “No hay tiempo para pensar en quiénes somos” son algunas de las piñas en la cara que forman parte de Slow Down.

Octafonic desaparece en medio de aplausos para que, minutos más tarde, a su cantante principal lo iluminen blancos reflectores y se encargue de That’s OK. Dicen que “la olla” es propiedad del metal, pero What les responde “¡No te atrevas a mentirme en la cara!”. El final del recital es enérgico, vital y una invitación asegurada para repetir la experiencia. El trance, la risa, el coqueteo y la técnica. Con estos muchachos, se arma un buen baile. Lo demás… es Nana Nana.

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